miércoles, 3 de julio de 2013

Para creer en la esperanza




La palabra es auténtica, pero la palabra, la única palabra, la verdadera. ¿Y usted va a pensar en los ignorantes, en los no sinceros, en los no poetas, en los siniestros?

Fumo para creer en la esperanza. Fumo para vivir en silencio y soledad, sin la necesidad de los necios, sin el aprendizaje de falsos. La única compañía que deseo es la de las arañas, la de los indolentes y la del ángel negro. La sombra de dios proporciona, en tardes de calor, el argumento exacto de la melancolía.

Vivo para seguir viviendo, para hacer de la muerte un juego de sabios que interrumpe el misterio. Prefiero a Rilke, a Leopardi, a Hölderlin, antes que a Juan Ramón. El reto del poeta de Moguer le resultó un experimento, sus últimos libros lo constatan.

Dejar de ser para ser es descubrir que la literatura es mentira, que las palabras (no la palabra) son la mentira, el palacio del hombre ignorante, la discontinuidad.
La edad nos envejece, aunque también la edad nos condiciona. ¡No tenemos edad! Nuestra limitación es el secreto, el acontecimiento, el incidente.

Sentado en el banco de san Clemente recibí una visita importante. No fue una premonición. Pude tocarlo, besarlo, acariciarlo. Existía, era real, mantenía un equilibrio justo, una existencia armónica. Era la palabra.

Los primeros encuentros con Platón desvelaron el misterio de la espontaneidad, los sentidos se despedían unos de otros sin darse la mano, sin manifestar la irrealidad.

Roma, 1984, diciembre. Veinte años. Nunca estuve más vivo aunque ya hubiera muerto.