sábado, 27 de julio de 2013

Alejado del amor




Mientras creas en dios, en tu dios, en el dios, o en ese crítico de poesía al que denominas dios, poco vas a conseguir. Lo dijo Dostoievski. No es un invento indolente, ni paciente, ni lúcido. Los restos de dios reposan bajo el árbol.

Ayer corté la buganvilla con las tijeras de podar. No había brotado y las escasas hojas verdes comenzaban a amarillear.

La muerte de Loreto hizo que estuviera mucho tiempo alejado del amor. Y un día, sin quererlo y con la presencia de Saúl de forma permanente, llegó Susana.

Tuvimos una extraña relación. Me recogía en la moto y en la universidad nos sentábamos juntos. Planeamos el viaje a Turquía con el consentimiento del indolente número 159, aquel que aconsejaba en los viajes.

Ahora que ordeno tomo los cuadernos marrones de aquellos años y no dejo de llorar. Ya hablaba con Pablo y con Antonio, con Claudio y con María Victoria. Aprendía. Leía. Respiraba.

Un día de los años ochenta apareció Platón y nunca le dejé marchar. Le invité a un MM cargado y permaneció en el porche por los siglos de los siglos. El invento de dios para los hombres nunca será el invento de dios para mi alma.

Acaricio a los gatos. Todos desean el paso de las manos por sus lomos. El negro es un impertinente. Los gatos son el cuerpo del ser humano. El gorrión el alma.

Si alguna vez has visto a un gato comerse a un gorrión, es el cuerpo que se alimenta del alma para seguir siendo cuerpo.

En las noches subo a la rama de la encina y adopto la forma de gorrión, de indolente número 1. Si se acercan los gatos y suben por el tronco, los alejo. Tengo esa potestad. Alejado del amor como la niebla.